Soy neumólogo. Llevo más de 20 años atendiendo fumadores.
Y durante casi todo ese tiempo, tuve una sola respuesta para ellos.
El señor se sentaba frente a mí, tosiendo, con el pecho cargado, sacándose la flema oscura todas las mañanas. Me miraba y me preguntaba si había algo que de verdad lo ayudara.
Y yo le decía lo mismo que me enseñaron a decir: “Tiene que dejar el cigarro.”
Le daba un inhalador. Un jarabe. A veces algo de la farmacia para la flema. Y la frase de siempre: “dejé de fumar y esto se le pasa.”
El hombre asentía. Se iba. Y volvía al mes con la misma tos.
No me di cuenta del problema durante años. Hasta que conocí a Ramón.
Para cuando termines de leer esto, vas a entender por qué ese hombre cambió mi forma de ejercer la medicina — y por qué lo que le seguíamos diciendo a los fumadores estaba dejándolos peor.