Mi papá murió a los 64.
Yo tengo 52.
Y para cuando termines de leer esto, vas a estar furioso. Como yo lo estuve.
Empezó con Salbutamol. El neumólogo le dijo que era "solo para emergencias", que recuperaría el aire en minutos. A los seis meses ya estaba con Combivent dos veces al día. Después le sumaron Symbicort y prednisona en cada crisis.
Los corticoides le hincharon la cara. Le subieron el azúcar. Le adelgazaron los huesos hasta que se le rompió una costilla nomás de toser. Mi mamá decía que era como ver al hombre con el que se casó apagarse de a poco.
Ocho años cambiándole inhaladores. Y ni una sola vez alguien le preguntó por qué sus pulmones no podían limpiarse en primer lugar.
Murió ahogándose en su propia cama. Sus síntomas "controlados" en papel. Pero sus pulmones por dentro hechos cemento.
Las palabras de mi mamá en el funeral, que apenas escuché entre mis propios sollozos: "Le dijeron que usara el inhalador y esperara. La espera lo mató."
Tres semanas atrás, mi doctora cerró la puerta del consultorio, se sentó, y me dijo la misma palabra que usaron con mi papá: obstrucción.