Mi tío Rafael fumó casi toda su vida. Igual que mi papá. Igual que medio mundo en mi familia.
Cuando empezó a ahogarse, el doctor le dio un inhalador. Le dijo que era "solo para cuando lo necesitara". A los seis meses ya eran dos al día. Después le sumaron pastillas. Después otra cosa. Nunca, ni una sola vez, alguien le preguntó por qué sus pulmones no se limpiaban solos.
Lo último que recuerdo es a mi tío en una silla junto a la ventana, con el tanque al lado, tratando de terminar una frase sin quedarse sin aire. El hombre fuerte que me enseñó a manejar. Apagándose.
Sus síntomas estaban "controlados" en el papel. Pero por dentro se estaba quedando sin pulmones — y nadie le explicó que había otra forma.
Y para cuando termines de leer esto, vas a estar igual de molesto que yo. Porque a mí me pasó casi lo mismo.